George Clooney, en su salto desde delante a detrás de las cámaras –por segunda vez con esta película, si bien también se reserva en ella un amable papel de secundario–, ha sorprendido a quienes creíamos ver tras su nombre sólo una de las caras más glamurosas del espectáculo hollywoodiense. No en vano ha visto reconocido su trabajo por la Academia con nada menos que seis nominaciones a los Oscar, dos de ellas a la mejor cinta y al mejor director.
Filmada en blanco y negro, Buenas noches, y buena suerte transporta nuestra mirada a los Estados Unidos de la década de los 50, durante la que se abrió un proceso político y judicial contra el comunismo, siendo el senador republicano Joseph McCarthy su más destacado promotor.
Como sucede cuando se emplean los formidables poderes del aparato del Estado para perseguir y presionar a escala nacional a un número indeterminado de personas, consideradas non gratas por mantener una ideología distinta de la impuesta oficialmente, los derechos y libertades del conjunto de ciudadanos comienzan a peligrar seriamente. Dificultades, despidos, falta de apoyos, descrédito, pocas explicaciones… Si pasas a ser considerado sospechoso, si alguien apunta tu nombre en una lista que no existe, la realidad parece desmoronarse a tu alrededor.
Es difícil resistirse a esa vorágine de silencio y abuso. Por eso tiene mérito, sobre todo a la luz de la perspectiva histórica, que surjan "rebeldes" inconformistas que se enfrenten a ella sin abandonar la legalidad que los propios poderes públicos decidieron mirar de soslayo. De esta actitud valiente y casi kamikaze, encarnada por el equipo realizador de See it now (un programa televisivo de la época), trata el filme de Clooney.
El director desempeña una labor cinematográfica adusta y firme, sin fatuas pretensiones técnicas o estilísticas, aunque alcanzando las metas que se propone. Logra transmitir el perpetuo estado de tensión en el que se mueven los personajes, combinado con el estrés propio de los platós de TV, y se recrea de paso en la reconstrucción de los programas con los medios de entonces, en un tiempo no tan lejano, cuando no resultaba raro que el conductor de un programa fumase delante de las cámaras y la crítica periodística gozaba de un peso e influencia determinantes.
Pretende, asimismo, imprimir un realismo que arrope el argumento, y ayudan a conseguirlo tanto esos rostros nula o escasamente maquillados como unos diálogos desnudos de artificiosidad, breves, nada floridos, casi ásperos.
En un entorno como este, encaja perfectamente la personalidad seca y nerviosa de Edward Murrow, presentador y responsable de los contenidos del programa, interpretación que hizo merecedor a David Strathairn de una nominación al Oscar como mejor actor protagonista.
Se retratan en la cinta las difíciles relaciones entre los compañeros periodistas y sus jefes de la cadena televisiva, aunque en mi opinión podría haberse explotado aún más el potencial de la pareja formada por Joe y Shirley Wershba (Robert Downey Jr. y la deliciosa Patricia Clarkson), cuya historia es descriptiva pero resulta un tanto desdibujada.
Tal vez Buenas noches, y buena suerte pueda parecerle algo monocorde a algunos espectadores debido a la ausencia de color, el rodaje en interiores y la depurada oratoria propia de las locuciones del presentador del programa, en contraste con los diálogos. Ello es porque se trata casi de una "película de ideas", fundamentada en su guión, del que Clooney es coautor.
Nos encontramos también ante una "película de periodistas", mostrando una imagen sustancialmente benévola del gremio. Pero no hay que perder de vista el hecho de que, en la coyuntura político-social del momento, no se ponía en duda la perversidad del comunismo (no públicamente, al menos), sino que la reacción al maccarthismo se abordó desde la defensa de los derechos individuales de los ciudadanos ante los desmanes de los poderes ejecutivo y judicial; pues pretender una defensa directa de "las brujas" hubiera sido contemplada, sin mayor trámite, como algo aberrante e inexcusable.
En definitiva, a lo largo de una hora y media de metraje, el director de Confesiones de una mente peligrosa nos hace testigos de aquel duelo ideológico y verbal entre periodismo y política bajo las ondas, a lomos de docudrama. En cualquier caso, un notable ejercicio de cine comprometido socialmente, aunque sea desde el recuerdo.


