Un año más, un Salón del manga más.
Varias cosas a destacar:

-La imprevisión de los organizadores frente a una avalancha de otakus perfectamente previsible, donde el empecinamiento de los sres de la organización en mantener la Farga, lugar emblemático, es cierto, pero que se ha quedado pequeño) hicieron que muchos aficionados no pudieran entrar al acontecimiento que con tantas ganas habían aguardado y que el sábado a las 17h se colgará el cartel de ‘no hay entradas’, cosa impensable en un salón de estas características. Y eso comportó que, una vez dentro del recinto, el aborregamiento, que ya se supone, fuera tan superlativo que optases por comprar tus cosas y salir para volver a casa para respirar aire puro. Porque salir y volver entrar con el sello era una odisea considerable.

-La escasez endémica de novedades por parte de los sres de las editoriales: salvo pequeñas excepciones, reediciones de Kor, de Touch, de la obra de Rumiko Takahashi...esto viene siendo lo mismo desde hace 10 años, ya cansa. Es cierto que a todos los aficionados nos gustan las nuevas versiones de las series que más nos han hecho disfrutar, pero, si no se ofrece nada nuevo, llegará un momento en el que el movimiento otaku sufrirá un colapso y morirá. Falta riesgo, ganas de sorprender y que el manga, aún a pesar de todo, es más que un negocio. Ponent Mon, Mangaline y quizá Livrea se escapen de este aneurisma editorial.

-La cultura japonesa estaba muy poco representada. Aparte del estante del consulado nipón, y el rte ikkiu, tan sólo dos stands tenían comida japonesa, cosa insuficiente. Claro que si admitimos que los usuarios no cabíamos, tampoco se puede exigir mucho más a este respecto.

En fin, esperemos, como bien nos indicaban los sres organicienses, el próximo año se consiga otro emplazamiento, principal mal del salón e este año.

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