El Jacarandá es un género de árbol que engloba a varias decenas de especies típicas de la América intertropical y subtropical. Una semilla de Jacarandá comienza a germinar en una calle de Tokyo, atrayendo la atención de los vecinos. A medida que el árbol crece, y con los medios de comunicación dando testimonio del fenómeno, sus raíces se extienden más y más bajo las calles de la capital de Japón, hasta que el inmenso árbol se convierto en epicentro de un apocalipsis que destruirá la ciudad. Durante trescientas páginas asistiremos al atroz sufrimiento de los tokiotas víctima pasiva de la naturaleza en esta historia sin trama que merece ser juzgada desde los parámetros del más puro arte narrativo.

Jacarandá como utopía literaria


En una carta de 1852 Gustave Flaubert le confesaba a su amiga Louise Colet una visión artística que le angustiaba. En aquél momento aún era poco más que un sueño, un hermoso ideal que el creador de Madame Bovary –inspirada, al parecer, en la propia Colet- acariciaba casi como si jugase con ella. En palabras de Flaubert:

"Lo que me parece hermoso, lo que me gustaría hacer es un libro sobre nada, un libro sin ataduras externas, que se sostuviera a sí mismo con la fuerza interna de su estilo, como la tierra se sostiene en el aire, un libro que apenas tuviera argumento, o, al menos, que fuese casi invisible."

Esta utopía planteada por Flaubert en un tono casi lastimero revela el sufrimiento que le supuso la redacción de Madame Bovary. Se enfrentaba a un problema técnico. Su novela estaba basada en sentimientos, pero debía conseguir que las ideas se convirtiesen en acciones, engañar al estilo para seducir al lector. Flaubert lamentaba tener que recurrir a los trucos del escritor para crear una obra viable, y consideraba a la trama un intruso en el reino de lo estético.

Como Flaubert, Shiriagari Kotobuki parece perseguir un proyecto artístico que repudia, en gran medida, los recursos narrativos de las historias de personajes. Para crear una narración sin protagonistas ni trama, que se articule en torno a la idea de la destrucción de Tokyo como argumento único y reiterativo, Kotobuki se ve obligado a forjarse un lenguaje propio. Aunque fuera solo por ese empeño, Jacarandá merecería ser juzgada como una obra de gran literatura, más allá del juicio que merezca el resultado final.

Qué es la gran literatura.


Confesaba Hitchcock, en sus entrevistas con Godard, que él sólo adaptaba a la pantalla novelas mediocres, o de consumo popular. Las leía una vez, sólo una vez, y filmaba películas con un vago recuerdo de la idea central como guía orientativa. Así rodó homenajes al gran cine como Psicosis o Vértigo, mutilando sin piedad cualquier escena del libro para construir el tipo de historia que necesitaba para ejecutar su propia labor artística.

En cambio, Hitchcock encontraba imposible adaptar una verdadera obra de arte como Crimen y Castigo, porque no podía mutilar el complejo pensamiento de Dostoievsky, no se puede seleccionar las partes que interesan, cortar la trama, simplificar personajes… En definitiva, y en palabras de Hitchcock, lo que distingue a una verdadera obra de arte es que cada palabra cuenta. Es una pieza única.

Por ese sentido de necesidad narrativa considero arte a Jacarandá. Shiriagari Kotobuki acepta todo el riesgo expresivo necesario para transmitir su idea. Durante las casi trescientas páginas en las que asistimos a la destrucción absoluta del centro de Tokyo no pasa prácticamente nada en el sentido tradicional de acciones y efectos. Aún así, Kotobuki no teme que el lector se desenganche. Si así ocurriese, él no puede hacer nada para evitarlo. Ha tomado una decisión artística que debe mantener hasta sus últimas consecuencias.

El pueblo como víctima colectiva.


Para catalogar Jacarandá ni siquiera se puede utilizar la noción de protagonista colectivo; en todo caso, estaríamos hablando de víctimas colectivas. Esta no es una historia de los tokiotas a la manera en que la clase obrera revolucionaria, protagonista de su propio destino, instituía el sentido de las ficciones de Eisenstein o Pudovkin.

En busca de referentes podríamos pensar en El hombre de la cámara de Dziga Vertov, en Berlín: Sinfonía de una ciudad de Walter Ruttman o en La isla desnuda de Kaneto Shindo. Películas que tratan de ofrecer sentido narrativo sin construir una trama para ilustrar artificialmente el tema.

Quizá sería exagerado, no obstante, incluir a Shiriagi Kotobuki en una filiación tan elevada. El mérito artístico, indudable, reside en el riesgo que toma el autor para ilustrar un concepto como el de "destrucción absoluta". Un mérito secundario cabe atribuírselo por la unidad de efecto, tan querida a Poe. En Jacarandá se acumulan, casi se apilan, decenas de páginas dibujadas de la misma manera, angustiosas y agobiantes, en las que sólo hay explosiones, muerte y destrucción.

Guión y dibujo. Los límites de un concepto.


La gestión de un colectivo como víctimas pasivas de una desgracia que no pueden combatir lastra, en mi opinión, el desarrollo de Jacarandá hasta hundirlo en lo intrascendente. El hecho de que los tokiotas no sean capaces de hacer nada productivo en su lucha contra el árbol que les arrasa da lugar a una historia sin variaciones de ánimo. Kotokubi necesita ilustrar la idea de la destrucción mediante la repetición infinita de la muerte. A partir de la las primeras cincuenta páginas, en Jacarandá no ocurre nada nuevo que renueve nuestro compromiso con el comic.

Sea por falta de talento, sea por decisión ineludible, Kotobuki ofrece una lectura tan áspera que se hace aburrida. No hay suspense, no hay emoción. Leer Jacarandá es como sentarse a ver un documental de una guerra en el tercer mundo, con primeros planos de muertos cubiertos de sangre, de exiliados, de casas que estallan. El dibujo, por otra parte, aunque cumple muy adecuadamente con los propósitos del autor, retorcido y angustioso, tampoco tiene una factura capaz de sostener el peso de la historia allí donde se interrumpe el pulso narrativo.

Conclusión


Mi admiración por el proyecto artístico de Shiriagi Kotobuki no está reñida con una valoración matizada del resultado de su trabajo. Ni guión ni dibujo me terminan de convencer, y la experiencia con Jacarandá, tras un inicio fascinante, se me hizo realmente pesada. Eso no quita para que agradezca el valor de Dolmen Editorial por apostar por este tipo de manga, un verdadero oasis dentro de la preocupante mediocridad que domina el manga hoy en día. Jacarandá merece una calificación de notable por el riesgo narrativo y la indudable vocación de estilo artístico de Kotokubi.

En cualquier caso, lo más inteligente que se puede hacer con una crítica es ignorarla y comprobar en primera persona el talento del autor de la obra analizada. De nuevo Flaubert encuentra las palabras justas: "Leer las críticas es una pérdida de tiempo. (…) Se hace crítica cuando no se puede hacer Arte, de la misma forma que uno se hace delator cuando no puede ser soldado".

Ficha técnica

Jacarandá

Autor:Shiriagi Kotobuki
Editorial japonesa:Seirinkogeisha
Editorial española:Dolmen Editorial
Formato: Un tomo en A5 (148x210)
PVP: 16 €

Puntuación

Historia 7
Grafismo 7
Edición 8
7,3

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