Es estimulante saber que, salpicados por diferentes países, hay un buen puñado de inquietos y poco conocidos realizadores anhelando rellenar un espacio por derecho propio, y poder mostrar su trabajo tras el esfuerzo que supone desarrollar cada proyecto.
Director, guionista y actor, Stephen Chow (Hong Kong, 1962), ya había podido mostrar su talento en la completa y exitosa comedia de culto Shaolin Soccer (2001) –no estrenada en España, y que servirá inevitablemente de contraste a partir de estas líneas–, donde unos ex-monjes Shaolin echados a perder formaban un equipo de fútbol aplicando al esférico sus habilidades de kung-fu, con resultados tan impactantes como desternillantes.
Ahora llega, en forma de tarjeta de presentación para el gran público, su Kung Fu Sion (Gong Fu, originalmente), obra de humor desenfrenado que reúne varias de las características presentes también en Shaolin Soccer: constante humor visual y verbal, personajes fracasados o marginales, exageradas secuencias de artes marciales, protagonismo coral, cuidada puesta en escena e ingenua pincelada sentimental. No en vano, Chow se ha rodeado nuevamente de gran parte del equipo artístico y técnico con el que contó para su anterior película, al que se ha sumado Yuen Woo Ping (Matrix, Tigre y dragón, Kill Bill) coreografiando las secuencias de lucha.
Situándonos en una particular recreación del Guangzhou de los años 40, la historia se centra en un microcosmos de los suburbios, una comunidad de perdedores que ve interrumpida su vida cotidiana a causa del grupo mafioso local: la banda del hacha. Los culpables del malentendido que origina los ataques de "los hachas" son dos pobres diablos pícaros y timadores, deseosos de introducirse "de verdad" en el mundo del hampa para salir de la miseria. A partir de ese planteamiento se suceden los 'gags', sorpresas e inesperados cambios de rol de los personajes, provocando hilaridad y expectación continuamente (el equivalente nacional de esta explosiva vitalidad de la que hace gala Stephen Chow, habría que buscarlo en obras de la singularidad de Mortadelo y Filemón o Airbag, salvando las pertinentes distancias)
Kung Fu Sion es, pues, un cruce entre el cómic desaforado, el 'cartoon' clásico de la Warner o Hanna-Barbera y los imposibles combates de artes marciales del anime, bañado por un costumbrismo surrealista con lejanos ecos de Amarcord y guiños al ‘western’. Priman los golpes de efecto, la parodia, la teatralidad o la situación extravagante, pero como contrapartida el argumento resulta errático, lo que impide seguir con comodidad las andanzas de los protagonistas o la lógica de la trama, por ser casi inexistente.
Con alguna escena redundante, el ritmo de Kung Fu Sion es más irregular que en Shaolin Soccer, si bien el carrusel de acontecimientos y volantazos de guión logra mantenernos pendientes de la pantalla sin mayor problema.
Con este panorama a la vista, no sorprende que la sobreactuación en los intérpretes sea constante, con el aliciente de que algunos de los actores son viejos conocidos del público oriental, con formación en la afamada escuela de la Ópera de Pekín y rescatados de su inactividad para la ocasión.
Como en su anterior película, los intensivos efectos visuales requeridos para un proyecto como éste fueron provistos por Centro Digital Pictures, compañía hongkonesa fundada en 1985, la cual se está ganando un digno hueco al lado de otras competidoras mucho más afamadas.
Repite también en el apartado musical, con su gusto por la percusión, Raymond Wong, si bien se ha contado en varios momentos con melodías adicionales del violinista navarro Pablo Sarasate (siglo XIX).
El doblaje merece un comentario aparte, pues se ha manejado y explotado un lenguaje rigurosamente callejero y coloquial en todo momento, aderezado por personajes con marcado acento andaluz, catalán o gallego, lo cual como mínimo se antoja chocante, a falta de la necesaria información sobre las características e intencionalidad de los diálogos en la versión original. Hasta el punto de que, sin el presente doblaje, estaríamos hablando –para mejor o para peor– de una película bien diferente a la que se ha estrenado.
Chow sabe mover y situar la cámara, sacar partido de los momentos más sensibles al siempre limitado presupuesto (aunque con toda probabilidad éste sea el más abultado que ha manejado hasta la fecha) y, sin duda, llegar hasta el espectador ya desde los poderosos arranques de sus películas.
No dejemos, pues, que las risas ni los efectos visuales nos confundan: merece la pena seguir la trayectoria de este hombre. Atento al detalle en su labor como director, hábil como narrador, sabe introducir diversos recursos cinematográficos con agilidad y desenfado, sin perder de vista el pulso de la acción para no llegar a agotar a su audiencia.


