Es típico del llamado postmodernismo recrearse en la idea de que todo está inventado, que la cultura no puede ser más que una constante elaboración basada en la deconstrucción de lo antiguo, en el encaje novedoso de piezas miles de veces utilizadas. Spiderman es un héroe clásico; Spiderman bailando con Hitler una polca… éso es postmoderno. La búsqueda de la sorpresa y del escándalo es una constante en este pensamiento, hasta el punto de que se acusa de conservador a quien pretende utilizar patrones clásicos a la hora de crear obras de arte.
Pero para escandalizar no sólo hay que querer, no basta con arrojarse un cubo de estiércol encima de un escenario de teatro ni con lanzar proclamas desnudo en la Gran Vía. Hoy en día lo hemos visto casi todo; cualquier divertimento pornográfico nos espera en la red, todo tipo de obras de gore, aberrantes… La provocación es una industria y, dicho sea de paso, cada vez más aburrida y previsible.
Aunque siempre hay excepciones…
The Boys, publicada por DC en su editorial Wildstorm, prometía ser una gran pelotazo para la editorial responsable de Batman y Superman, pero sólo iban seis números cuando en Detective Comics decidieron rescindir el contrato con Garth Ennis y Darick Robertson. Desde luego, no fue por que se vendiera mal. El último número publicado por DC de The Boys alcanzó el puesto 81 en la lista de ventas, superando los 27.000 ejemplares y manteniendo una línea ligeramente descendente pero aún así con una salud notable entre los aficionados.
Tras la rescisión del contrato, la pareja creativa se fue con su comic a Dynamite, aunque hay que destacar que la ruptura de relaciones fue amistosa y se facilitó en todo momento las cosas a la creciente editorial Dynamite. DC no estaba enfadada con Ennis y Robertson. Simplemente, The Boys había ido más allá, mucho más allá de lo que los dirigentes de DC se esperaban, mucho más allá de lo que estaban dispuestos a soportar.
¿Quién podría escandalizar a DC? Pero si han publicado Predicador y Transmetropolitan…
En el mundo del comic-book hemos asistido a todo tipo de revisiones del formato clásico del héroe; los hemos mezclado con zombis, hemos buceado en su psique, puesto de relieve la brutalidad de su mundo, nos hemos preguntado quién vigila a los vigilantes, hemos leído obras tan violentas que nos llegan a revolver las tripas y, sin duda, podemos afirmar que desde los años ochenta los héroes han evolucionado tanto que para el buen lector no han vuelto a ser los mismos, por más que Marvel –ahora Disney- se esfuerce por cercenar cualquier desarrollo interesante entre sus campeones.
¿Qué podría escandalizar lo suficiente a la DC, que en su línea Vértigo ha dado a luz obras como Predicador y Transmetropolitan? Si el disruptor intestinal de Spider Jerusalem –y Spider Jerusalem en sí mismo - no es suficiente para incomodar a los jefazos de la DC, si el personaje de Caraculo en Predicador no resulta lo bastante cruel, ¿es que nos hemos acostumbrado tanto a todo tipo de excesos en el arte secuencial que hemos desarrollado una insensibilidad por la que nada nos sorprende ni nos afecta?
Si ese fuera el caso, parece que Garth Ennis y Darick Robertson tienen la cura para el problema.
Y es que en The Boys nos encontramos el típico despliegue de violencia desmedida, sexo, sangre, vísceras y todo el humor salvaje que se podría esperar de Ennis y Robertson; el problema es que los responsables, los que consideran que el mundo es su patio de recreo, al que pueden violar o matar sin consecuencias, son los llamados "superhéroes".
Si pudieras hacer lo que quisieras… hacerlo de verdad… ¿qué harías?
Esta es una de las preguntas básicas que la industria del comic superheroico siempre había esquivado, y que cimentan parte de la trama de The Boys. La idea es, vale, tengo el cuerpo de acero –todo mi cuerpo-, vuelo y puedo doblar acero con las manos desnudas. Por otra parte, el mundo está lleno de chicas guapas e indefensas y todo tipo de lujos; ¿debería dedicarme a defender la justicia honradamente sin desviarme del buen camino? Resulta que políticos de todo el mundo viven de la corrupción y de su poder, directores de cine abusan de su situación en los casting, los futbolistas están instalados en un carrusel de orgías y escándalos… ¿y tenemos que creernos los lectores que los superhéroes luchan contra el crimen por la satisfacción del deber cumplido, regresan a su casa, besan a su pareja y se acuestan más pobres que las ratas? Venga, hombre…
Garth Ennis, que vive en una industria llena de superhéroes pero que deplora gran parte de la hipocresía erigida en torno a ellos se plantea esta misma pregunta y concluye, como no podría ser de otro modo para un ser razonable, que si hubiera miles de personas con superpoderes, varios miles de ellos serían unos auténticos capullos.
Y eso nos encontramos en The Boys. Un mundo poblado por capullos voladores y con trajes de spandex. “Héroes” que reservan prostíbulos para sus juergas, a los que no les importa nada en absoluto que mueran inocentes durante sus lucimientos o sus batallas, héroes que reclutan a superchicas para que les hagan trabajitos orales, que matarían a cualquiera que les estorbase en su verdadero objetivo: pegarse la gran vida gracias a sus poderes. Y encima, los medios de comunicación les jalean como “defensores de la justicia”, en una interesante metáfora que Garth Ennis apunta contra diversos ámbitos de la vida política y artística de nuestra sociedad.
Argumento y Guión
Así que alguien tendrá que hacer algo. El argumento de The Boys gira en torno a un equipo paragubernamental que se encarga de frenar a los superhéroes, sin importar los métodos ni las formas. Ese grupo lo dirige el Carnicero, que recluta a sus viejos compañeros: Leche Materna, Hembra, el Francés, y a un civil ajeno al tinglado de la CIA, Wee Hughie. Hughie acaba de sufrir una pérdida irreparable por culpa de un superhéroe descuidado, al que lo mismo le da lo que le ocurra a los civiles durante sus peleas. A través de sus ojos podremos comprobar cómo trabajan The Boys, una panda de macarras violentos, pero tan meticulosos como requiere la tarea de desacreditar a cualquier grupo de héroes, o de reventarlos, si fuera menester.
Garth Ennis no necesita presentación, y si alguien no le conoce, que se acerque a por el primer tomo de Predicador. Suficiente. En The Boys maneja el guión con la misma maestría y ritmo adictivo de siempre; los trucos narrativos de Ennis siempre son obvios en todas sus obras, porque no tiene nada que esconder. Garth Ennis muestra su baraja porque no defrauda, sabe perfectamente a dónde quiere llevar a sus personajes y les mueve con soltura, sin que nada chirríe, sin que nada nos distraiga de la acción desbocada característica de sus obras.
Y además… siempre tenemos la sensación de que con Garth Ennis hay un poco más de lo que parece. Tras la ola de violencia, sexo, sangre y risas que es The Boys, no es posible dejar de advertir un trasfondo filosófico profundo, que ataca los cimientos de la ideología puritana que soporta la construcción superheroica de las editoriales estadounidenses.
Al fin y al cabo, por esto canceló DC The Boys. DC podía aguantar todas las felaciones, mutilaciones y cráneos reventados que Robertson y Ennis tuvieran a bien incluir en The Boys, siempre y cuando lo hicieran personas normales, o villanos, o personas poderosas pero que no estuvieran consagradas a servir a la comunidad. Lo que DC no puede soportar es que los superhéroes sean unos cabrones arrogantes y viciosos.
Esa es la gran lección de Garth Ennis, y la gran virtud de The Boys. Esta obra es un escándalo, pero seguiría siéndolo si no hubiera ni gota de sangre y toda la violencia fuera verbal. La envoltura salvaje de The Boys sirve de vehículo a una trama que golpea varios pilares ideológicos fundamentales del pensamiento conservador, y de muchas formas de pensamiento falsamente progresista.
Dibujo
Para envolver este despliegue de maestría de Garth Ennis tenemos a Darick Robertson. ¡Quién me iba a decir que este dibujante, al que conocí en Lobezno cuando su estilo aún era trémulo y contenido, se convertiría en uno de los ilustradores más rompedores, minuciosos y gamberros de toda la industria del comic! El dibujo de The Boys es una verdadera delicia, maravilloso, lleno de detalles, un despliegue de imaginación y recursos que crea un mundo sólido y creíble, en el que cada expresión de los personajes tiene un peso específico en la narración. Si ya en Transmetropolitan se había notado una evolución de Darick Robertson muy positiva, en The Boys se consagra como uno de los mejores dibujantes de la actualidad.
Conclusión
Como decía al principio, no escandaliza quien quiere sino quien puede, y Garth Ennis y Darick Robertson han socavado los principios ideológicos del universo heroico con una actitud tan radical que DC no pudo soportar más los desmanes de dos autores que no dejan de ser garantía de éxito y recaudación.
The Boys es una obra magnífica por esta capacidad para destruir el género, pero también porque su guión es fabuloso y su dibujo, una gozada. Entretenimiento del bueno, del mejor, que envuelve con sangre un subtexto moral más que sugerente. Si Watchmen nos dejó claro que alguien tenía que vigilar a los vigilantes, The Boys nos muestra esta disyuntiva filosófica en acción.