Concierto de Yann Tiersen
Hola fieles canariadictos/as. hoy, como especial verano, un amiguete tímido me ha mandado esta crítica de un concierto al que fue. Gracias Albertus.
Cinco tipos en un escenario repleto de humo, cinco seres ávidos de sonidos. Eternos ruidos que buscan las paredes del presunto teatro, pero nunca las encuentran, siempre quedan en el ambiente cual maldiciones esperanzadoras, cual lamentos positivos o quejas agradables. He ahí la genialidad de ese buen francés: nunca se sabe bien cual es su estado de ánimo. Cuando crees estar asistiendo a la manifestación de un trágico sentimiento de un tipo maltratado por la vida, te encuentras (tras perderte momentáneamente por la extraña actitud de uno de sus acompañantes) con la sorpresa de que en realidad el sentimiento que produce no es ese, sino una plácida y sencilla felicidad apologética de lo cotidiano. Esto sucede continuamente, en uno u otro sentido, basculando siempre pero sin alejarse nunca del centro, sin llegar a los extremos facilones del llanto o el abrazo entre el público manipulado por la superficialidad.
Pero no, no es sólo ese Yann de Amélie, ese folklórico utópico que atrajo al Teatre Musical de Barcelona a tanto personal que parecía desconocer el resto de su obra, no: el Sr. Tiersen ha decidido sorprender (como por lo visto es su tendencia). El tan esperado acordeón (aclamado con su mera presencia en el solitario escenario al ser depositado por un sumamente eficiente y atareado colaborador) sólo fue utilizado para demostrarle a muchos de los presentes que sí, que no se habían equivocado de día ni de local, que él era ese que habían escuchado tantas veces en esa grandiosa Banda Sonora. Sólo usó semejante artilugio en un par de temas: perlas brillantes pero diminutas dentro de un océano de olas arrolladoras de Ruidos eléctricos. El entrañable acordeonista-violinista se transformó anoche en un embriagado guitarrero en la onda de los Sonic Youth.
Tampoco encontraron allí nada de lo esperable los fans de su último álbum (Les retrouvailles, 2005), únicamente el ligero aroma de Dominique A se dejó ver a través de la suplantación de su voz por el bajista. No podía ser, ese disco no se puede hacer en directo más que con la presencia de los numerosos colaboradores que intervienen en el susodicho. Así pues, estuvo inteligente ese virtuoso tócalo todo. Al no poder realizar en su complejidad el álbum a presentar, decidió crear algo nuevo e inesperado, apareció la sorpresa con su magia, rompiendo el sonido la barrera de lo convenido. Pero claro, eso no es fácilmente acogible por los más, y mucho menos si se acompaña a la legendaria frialdad del público barcelonés, y al a efectos incomprensible e improductivo hecho de contemplar un concierto de rock-pop-noise… sentaditos en butacas.
Así pues, deficiente com-público, decente recinto, fantástica banda y curiosísima evolución de un músico que va a contracorriente: dado que lo corriente es avanzar de la música popular a la música de cámara, del guitarreo de masas al manejo de instrumentos más glamorosos, de la vulgaridad de la guitarra al prestigio del violín.
¡Qué agradable debe ser, ser siempre un desconocido!
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